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sábado, 12 de noviembre de 2016

ESTA NOCHE sábado 12 noviembre 2016



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Esto es Puno hoy  


Jorge Morelli
@jorgemorelli1
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La mamita Candelaria es la inspiración de Puno. Su culto se extiende a todo el sur del Perú y Bolivia junto con la ubicua presencia de los puneños, que han crecido en el comercio (y las finanzas) de Tacna, Moquegua, Arequipa y el Cusco. Su laboriosidad y organización comunal son por todos reconocidas.

Puno en febrero es un lugar fuera del tiempo. Como todo ritual de pasaje, tiene una fase inicial, la imagen de la Candelaria en procesión desde su santuario a la Catedral de Puno, acompañada de su pueblo. Y una fase final en la que, una semana después, el pueblo la lleva de vuelta a su hogar. Lo principal, como en todo ritual, está en el misterioso momento central. El culto suspende por una semana todo conflicto y lo canaliza hacia una rivalidad artística de creatividad.

Los pueblos andinos se expresan en la danza, la música y los trajes. Cada pueblo y comunidad tiene los suyos. En las procesiones de la Candelaria los llevan orgullosamente. Aimaras y quechuas compiten en muchos modos, pero en el marco de la devoción común de la Candelaria lo hacen mostrando sus danzas y sus trajes “de luces”.

Pocos en el Perú conocen la magnitud que ha adquirido hoy este evento. En Puno desfilan bailando cincuenta mil personas en trajes de luces durante la Candelaria. Es un despliegue de riqueza material y cultural que no tiene igual en todo el Perú, que solo se compara con el carnaval carioca, en los mismos días de la Candelaria. Las culturas se expresan como son.

El jueves pasado, instituciones de Puno y de Lima organizaron reunidas por el congresista puneño Lucio Avila la más extraordinaria presentación que se ha hecho de la Candelaria en el Gran Teatro Nacional, transmitida por televisión a todo el país. Es un reflejo de la Candelaria y aun así seiscientos danzantes puneños dejaron a la audiencia boquiabierta ante lo que es Puno hoy.

Allí estuvieron con sus trajes rojos y negros y su seriedad sobrecogedora los Sicuris –cuyo sonido es el mejor remedio contra la depresión según José María Arguedas, apuntó el presentador-. Los Wifalas de Azángaro, los Ayarachis de Lampa, los Chacareros de Ácora, los Kajelos de Laraqueri, los Sikumorenos, los Caporales, la Llamerada, la Morenada, la Diablada y el Kacharpari, el fin de fiesta.

Cada una de estas danzas es un mestizaje distinto de personajes de la historia peruana y del mundo, incorporados todos a la coreografía: dioses vikingos, indígenas norteamericanos, el ingeniero de Caporales, los arrieros altoandinos a “kawallo”, una multitud de diablos enmascarados de miles de colores puestos todos de rodillas ante la mamacha Candelaria. Es un despliegue de diversidad cultural y de mestizaje de épocas. Los peruanos son excelentes en el arte de combinar cosas abismalmente diversas.

Esto es Puno hoy. La organización comunal recupera una fuerza que se despliega cada vez más en la política local. La enorme riqueza de estas tierras que fueron las provincias del Collao, las más ricas del Tahuantinsuyo y del Virreinato, está de vuelta. La minería, el comercio, la ganadería de las comunidades renacen y poco le importa a nadie si el Estado puede hacer algo o nada al respecto. En Puno está ocurriendo algo muy grande y muy fuerte, un renacimiento material y cultural que se expande a todo el sur del Perú y que no solo no ha dado al olvido con la Candelaria, sino que la ha convertido en su símbolo y su bandera.

Al final de la función, en la calle afuera del Teatro Nacional, de manera espontánea cientos de chicas y muchachos con el polo de la Candelaria ejecutaron una danza de Puno perfectamente coreografiada con una fuerza y una alegría que muestra otra cara del Perú, la de una modernidad que no está reñida con la tradición.