domingo, 29 de junio de 2014

ESTA NOCHE domingo 29 junio 2014


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Los americanos se van


Jorge Morelli
@jorgemorelli1
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Fracasado su proyecto terrorista de escala global, Al-Qaeda pretende ahora restaurar nada menos que el Califato de Bagdad en el norte de Iraq y parte de Siria, la cuenca alta de los ríos Tigris y Eufrates, la antigua Mesopotamia.

Procuran hacerlo con base en el territorio del grupo étnico de los musulmanes sunitas en Siria e Iraq. No pretenden, solo por ahora, los territorios del grupo étnico musulmán shiita, al sur de Iraq hasta la desembocadura de ambos ríos en el Golfo, ni los del grupo étnico kurdo, al este de los dos ríos.

El Califato de Bagdad original fue bastante más grande que eso. Duró 500 años entre los siglos VIII y XIII después de Cristo y, en su máxima expansión llegó a gobernar en el siglo IX un territorio que iba desde el río Indo en el Este (hoy Pakistán) hasta la antigua Cartago en el Oeste (hoy Libia), algo similar al antiguo Imperio Persa conquistado por Alejandro el Grande de Macedonia doce siglos antes.

La edad de oro fue la del califa Harún al-Rashid (786-809), el gran personaje de las Mil y una noches que por las noches dejaba su palacio disfrazado de hombre común para escuchar lo que su pueblo pensaba de él y de su gobierno. El que miraba de igual a igual a Carlomagno, heredero del Imperio Romano de Occidente, Defensor de la Fe Católica y brazo armado del Papa, y recibía a sus embajadores, en un diálogo distante. El Califato de Bagdad evoca el tiempo mítico de un imperio cuya legitimidad se basa en una justicia cuyo código es al mismo tiempo el de la fe de los creyentes del Islam. El tiempo también de una resistencia armada del mundo musulmán frente a Occidente.

Tal es, nada menos, la poderosa narrativa que Al Qaeda pretende explotar políticamente en beneficio de su proyecto de Estado entre Iraq y Siria.

El conflicto religioso antiguo halló un modelo de procesamiento en la tolerancia y la convivencia pacífica de cristianos, judíos y musulmanes en la España del siglo XIII, de Alfonso X el Sabio, donde en Toledo se traducía del árabe los libros de Aristóteles al latín. Es lo que simboliza la reciente reunión del papa Francisco con líderes musulmanes y judíos en Jerusalén y en Roma. Pero los conflictos religiosos del mundo musulmán de hoy -entre sunitas y shiitas, que disputan la legítima descendencia de Mahoma- multiplicados por conflictos étnicos –con los kurdos, por ejemplo- son el equivalente, saltando enormes distancias, de las guerras religiosas de los siglos XIV y XV en Europa occidental, entre católicos y protestantes, superpuestas a conflictos étnicos aún más antiguos.

En la historia de Occidente, las guerras religiosas solo terminaron con la creación del Estado moderno, que impuso la paz al mismo tiempo que la libertad de conciencia. El símbolo de esa transición es el Leviatán de Thomas Hobbes y su famosa sentencia: “auctoritas non veritas facit legem” (La autoridad, no la la verdad, hace la ley). Si cada uno tiene su verdad religiosa, la única solución es la libertad de culto donde todos obedecen la misma ley laica.

El equivalente del Estado moderno en el mundo árabe han sido los gobiernos autoritarios que descansaron en el poder del Ejército, dictaduras como las de Saddam Hussein en Iraq o Bashar al Assad en Siria. Los suyos no fueron Estados fundados en la fe del Corán, sino proyectos modernizadores –como el de Kemal Ataturk en Turquía o el de Nasser en Egipto-, basados en textos constitucionales que hablan de libertades mientras el poder se apoya en la fuerza.

Tal era el panorama en el que se produjeron las dos Guerras del Golfo, y en la última de ellas finalmente el derrocamiento de Saddam Hussein. Claramente la invasión fue para evitar la interrupción del abastecimiento de petróleo a la economía global. Fue innecesario presentarlo como una lucha por la instauración de una democracia en Iraq.

La creación por los aliados de una democracia en Iraq resultaría inevitablemente en una de baja gobernabilidad, sin equilibrio de poderes.

El monopolio de la fuerza del Ejército por uno solo de los grupos en conflicto –sunita en el caso de Saddam, que era de ese origen- era inevitable también. Caso contrario, se habría partido al Ejército enfrentando a ambas facciones entre sí. Igual ha procedido el gobierno democrático de Iraq a pesar de los esfuerzos norteamericanos por establecer un Ejército multiétnico.   

Resulta obvio que, en esa situación, el retiro de las tropas estadounidenses de Iraq dejaría a la joven democracia iraquí a merced de dos amenazas: la recaída en las guerras religiosas de un lado y, de otro, el regreso del autoritarismo para ponerles fin.


Mientras Estados Unidos y la economía global reducen progresivamente su dependencia del petróleo iraquí hasta un punto en el que en el futuro puedan desentenderse de la suerte de Medio Oriente, y ante el delirante proyecto fundamentalista de Al-Qaeda de restaurar el Califato de Bagdad, el débil gobierno iraquí debe pensar hoy día que ya es bastante malo que los americanos invadan, pero lo peor es que luego se van.   

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